Hace una semana terminé de leer a Rulfo, Pedro Páramo. Me encanta ese libro. Su tono es tan sólido que luego que lo termino pienso que hablo como hablan sus personajes, es más hasta he llegado a creer que me esfuerzo por hablar como ellos. Si tuviera que escoger un libro, escogería este. No me conquistan las grandilocuencias de Fuentes o Márquez; no me gustan los problemas sexuales de García Ponce; nunca me impresionó Garibay; a Leñero no lo he leído; a Ibargüengoitia lo respeto y lo quiero, con Pacheco también me sucede lo mismo y con Pitol. Sin embargo, a ninguno de ellos quiero imitar. A ninguno le quiero copiar el tono. Ninguno de ellos tiene una voz tan profunda, tan singular como la de Rulfo. Y yo creo que esta singularidad es porque su novela es un poema.
Todo parece señalar eso: la melancolía, el ritmo, la repetición de imágenes, la multiplicidad de voces … ahí en Pedro Páramo todo parece tener la estructura de un poema. Incluso el mito de la búsqueda del padre, la bajada al infierno, la promesa que se guarda me hacen pensar en un poema … y luego viene una característica extraña. Yo creo que esa novela de Rulfo es tan atípica y tan cercana a un poema porque, a mi parecer, le falta acción. Lo único que sabemos que sucede realmente es: Juan Preciado promete, va a Comala, busca a su padre, ahí fallece y muerto se vuelve una de las voces narrativas del texto, las otras voces que cuentan la historia también pertenecen a los difuntos y los difuntos no pueden actuar. Yo creo que a esta novela le falta acción pero no es algo que atente en su contra sino lo contrario: esta es una de sus mejores características. Digamos que es una novela muerta.
Yo creo que por eso me siento tan a gusto con Rulfo: su texto es el trabajo de un hombre contemplativo, aparentemente pasivo.
Fue la última vez que te vi. Pasaste rozando con tu cuerpo las ramas del paraíso que está en la vereda y te llevaste con tu aire sus ultimas hojas. Luego desapareciste. Te dije: ‘¡Regresa, Susana!’ (Rulfo, 151)
- ¿No me oyes? -pregunté en voz baja.
Y su voz me respondió:
- ¿Dónde estás?
- Estoy aquí en tu pueblo. Junto a tu gente. ¿No me oyes?
- No, hijo, no te veo.
Su voz parecía abarcarlo todo. Se perdía más allá de la tierra.
- No te veo. (Rulfo, 73)
Esperaba oír: “Lo han matado.? Y ya estaba previniendo su furia, haciendo bolas duras de rencor; pero oyó las palabras suaves de Fulgor Sedano que le decían:
- Nadie le hizo nada. Él solo encontró la muerte. (Rulfo, 87)
Allá hallarás mi querencia. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron. Mi pueblo, levantado sobre una llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo la vida… (Rulfo, 75)
y aquí dejo mi gusto por este texto